Carlos Ramírez, periodista que lleva en las venas la política y las letras / En opinión de Abraham Gorostieta




Redacción MX Político.- Hubo un momento en la vida política del país donde un periodista estaba en el centro de la lectura obligada. Ese periodista era ni más ni menos que Carlos Ramírez y su columna Indicador Político –que recién cumplió 30 años de vida– era de lectura obligada.

Ramírez ha sido reportero, columnista y director de distintos proyectos periodísticos. Su columna Indicador Político desde su aparición, a mediados de la década de los ochenta, captó la atención de innumerables lectores, ya sea por su estilo franco y sin miramientos, por la revelación de sucesos políticos antes inéditos, por su narración explicativa y contextualizada o por la invitación al análisis. También le ha generado severas críticas de los investigadores de la comunicación y el periodismo, pero no inmuta al columnista de origen oaxaqueño.

Carlos Ramírez ha trabajado y ha estado en contacto con los iconos del periodismo mexicano, José Pagés Llergo, Manuel Buendía y Julio Scherer. Sin titubear explica: “La disciplina es el método del columnista; si no, entonces el caos o el desorden lleva al columnista a escribir sin método y con alto grado de desatino”, hace una breve pausa y retoma la palabra: “Nada se compara con el acto de escribir una columna de análisis, de investigación, de interpretación o de información. Cuando escribo tengo en cuenta tres cosas: los datos, las fases temáticas y el lenguaje”.

Se confiesa bibliófilo: “Todos los domingos voy a una librería a unos pasos de mi casa; los que atienden son mis amigos, platico con ellos de novedades y ellos me hacen recomendaciones. También, por lo menos una vez al mes voy a alguna librería de viejo; de pronto encuentro obras originales y sobre todo revistas fuera de circulación. Y trato –cuando me lo permite el tiempo– de ir al Péndulo, Gandhi, Fondo de Cultura y Sótano. En el año que ha terminado, regresé a tres temas de mi pasión: la literatura de la onda, literatura del existencialismo y novela de espionaje. Y siempre están los escritores o periodistas que lo estimulan a uno, para mí por ejemplo están: periodistas como Manuel Buendía; analistas como Gastón García Cantú y Daniel Cosío Villegas. Claro, ellos ya no están pero no pasa semana sin que relea sus textos. De escritores hay muchos. Mis pasiones: Jean Paul Sartre, Malraux, Albert Camus, Vicente Leñero, Octavio Paz”.

Hace una pausa, sorbe de su café y abunda: “Leo en mi despacho. Trato de leer una hora en la mañana y una hora en la tarde; los fines de semana dedico más tiempo. Leo de todo pero más me interesan el ensayo político, la literatura y ahora la historia del siglo XIX”.

La entrevista ocurre en un café en la librería Gandhi. El periodista almuerza: café americano, un par de bísquets con mantequilla y mermelada de fresa, unos huevos con abundante tocino y un sándwich. La charla comienza.


El Jovencito Ramírez


Nace en Oaxaca en 1951, años de bonanza para el país, pero en Oaxaca las cosas siempre son distintas. El presidente Miguel Alemán tenía un control absoluto de todo el aparato político, una de las vías para ejercerlo fue el descabezamiento de gobernadores y políticos, uno de ellos fue el general Edmundo Sánchez Cano, gobernador destituido por Alemán tras haber apoyado a Javier Rojo Gómez y no la candidatura del “tapado”. Desde entonces se usó la “Desaparición de poderes” que fue tan socorrida por los presidentes que le siguieron. En 1952, por órdenes desde la Presidencia, Manuel Mayoral Heredia fue sustituido por Manuel Cabrera. Así el presidente en funciones daba a entender su poca paciencia con los disidentes e indisciplinados y que más valía estar quietecitos para salir en la foto. Este era Oaxaca en la infancia del niño Carlos Ramírez.

Su familia, padre y abuelo eran políticos, el propio columnista recuerda: “Mi abuelo fue revolucionario, Emiliano Ramírez, padre. De Los Dorados de Pancho Villa. Tengo una foto donde esta con su traje de Dorado, él, a caballo” dice con orgullo y se le hincha el pecho y continúa: “Mi padre fue político del PRI, Emiliano Ramírez, hijo. Fue secretario general del PRI en Oaxaca”. Al hablar de sus antecesores, la mirada del columnista se ilumina, sus ojos miran a su propio pasado:

Yo fui muy pegado a mi padre, siempre junto a él. Somos seis hermanos. Con mi padre conocí a muchos políticos y él me llevaba a muchos eventos de organización. Entonces yo iba viendo como era realmente el poder. Como se operaba. Pienso que ahí aprendí política mexicana. Tenía yo catorce o quince años. Mi padre hizo un mal cálculo político en 1971, quiso ser diputado federal, así que metió todo, hasta lo que no tenía y perdió. Aceptó que no pudo, se retiró. Puso un restaurante en donde le fue muy bien y todos los políticos iban a comer y platicar con mi padre, que llegó hasta diputado local.
Don Emiliano Ramírez hijo se jugó su carrera política en la rápida gubernatura de Fernando Gómez Sandoval mientras el joven Carlos viajaba a la ciudad de México a iniciar sus estudios en la Universidad Iberoamericana, fundada en 1943 bajo el sistema universitario jesuita, en esa época, era una universidad para “niños bien” como dice Guadalupe Loaeza. En México esos años eran definitorios para todo estudiante universitario, el periodista lo recuerda así:

En 1968 yo vivía en Oaxaca. El movimiento estudiantil lo viví mientras estaba en la Preparatoria. En Oaxaca eran muy bravos. Hubo muchas movilizaciones. Intervino el Ejército. Pero yo vengo de una familia en donde mis padres me metieron bien en la cabeza que yo tenía que estudiar y bueno, yo estudiaba. Iba a una marcha y después de un ratito me salía. No encontraba mucha practicidad. Entonces no participé. El movimiento estudiantil del 68 lo vi pasar. Llegando a la ciudad de México, estando en la Ibero, vi pasar también el halconazo del 71.
Se reconoce como un mal estudiante: “En 1972, decidí dejar la carrera de Administración de Empresas. Me gustaban mucho algunas materias como Derecho Constitucional, Economía y Administración. Contabilidad era mi coco. Me parece que la carrera me gustaba a medias y fui abandonando la atención de mis estudios en el segundo año. Reprobé la mitad de las materias. En ese año dejé la carrera. No la iba a terminar y cada vez más y con mucha fuerza me jalaba el periodismo”.

Y era fácil ser seducido por el periodismo sí el seductor era don Manuel Buendía, Ramírez narra: “Me concentraba más en la oficina de un amigo que era periodista y ahí me contrataron para hacer reportes de las noticias de los diarios o de boletines. Mi amigo periodista me enseñó a redactar notas. Lo hacía unas horas. Pero reafirme ahí lo que quise ser y soy: periodista”.

Don Manuel lo instaba a no dejar los estudios, pero la juventud siempre impone sus tiempos: “Hice el intento de inscribirme en la Septién pero el horario no me daba. Hice ahí un curso por correspondencia que hicieron Vicente Leñero y Carlos Marín. No era en ese entonces alguien con disciplina, también lo dejé”, relata con cierto dejo de nostalgia al tiempo que su desayuno desapareció de la mesa.


El maestro y los pininos en El Heraldo


Su primer trabajo fue en 1972 en El Heraldo de México, el periódico anticomunista de la familia Alarcón, cuyos accionistas eran Manuel Espinosa Yglesias, Carlos Trouyet y Raúl Bailleres (I). De tintes conservadores, el director de El Heraldo siempre se mostró servil ante el presidente, en especial con Gustavo Díaz Ordaz, a quién puso al periódico a su disposición y con el cual tuvo un interesante carteo donde, sin rubores, comprometía la línea editorial a las órdenes del mandatario (II). El papel que jugó el diario, como muchos de su época, reflejaron el sincretismo que había entonces entre la prensa y el poder sexenal, sobretodo en el año de 1968 (III). Desde su fundación, El Heraldo entró con fuerza a la capital y para hacerse pronto de reporteros, los sueldos que ofrecía eran altos.

El periodista recuerda: “Busqué trabajo en El Heraldo de México y para fortuna mía me dieron una plaza de redactor haciendo notas de relleno que sacaba de los boletines. Cómo ya lo había hecho antes, me fue muy fácil hacer mi trabajo y entonces tenía mucho tiempo libre que ocupaba en leer libros sobre periodismo y sobre narrativa”.

El joven Carlos aprendió el oficio de la mano de don Manuel Buendía pues tenía una relación personal periodística y familiar con el periodista:

Mi padre y don Manuel se conocieron en los cincuenta. Mi padre era líder de los camioneros en Oaxaca y Buendía era reportero de La Prensa en la fuente policiaca. Había un comandante de la Dirección Federal de Seguridad que era de Oaxaca y mi padre lo visitaba mucho, platicaban. Y ahí se conocieron mi padre y don Manuel. Se hicieron compadres. Cuando llego a México él era mi tutor. Él quería que yo siguiera estudiando pero yo decidí ser periodista, cuando vio que estaba decidido entonces empezó a darme consejos. Dos de ellos: leer todos los días todos los periódicos. Es un acto de disciplina que te forma, te informa y te da tablas. El otro: leer literatura con el objetivo de aprender a escribir bien y tener buena escritura en el periodismo. Entonces cuando estaba de redactor, en los ratos muertos yo leía de todo, en desorden, pero de todo. Me fijaba con manejaban el lenguaje los escritores. En El Heraldo de México estuve año y medio y tendría 23 años. Me leí todo el existencialismo: Camus, Sartre, Simone de Beauvoir que era mi adoración. La historia francesa. Leía narrativa mexicana: Carlos Fuentes, Poniatowska, en esos años descubrí la literatura de La Onda y me atrapó –mantengo aún un debate con René Avilés y con José Agustín de que para mí si existió una literatura de La Onda, y ellos, dicen que no-, así aprendí a escribir mejor.
Sin embargo, y a pesar que el 3 de octubre de 1968, El Heraldo en su editorial, no comentó los acontecimientos de la Plaza de las Tres Culturas y sí recalcó la versión conspiratoria oficial del gobierno, en ese diario escribían grandes periodistas como Luis Suárez quién se manifestó en diversos tonos y momentos en franca discrepancia con las versiones del gobierno sobre los estudiantes. Cabe decir, también, que el departamento de fotografía de El Heraldo, fue uno de los que mejor registraron los sucesos de esa época. De alguna forma, el periódico tenía su encanto. El columnista rememora:

Yo no tenía ninguna capacidad. El Heraldo me abrió las puertas. Además de que sabía redactar notas de boletines. El Heraldo, después del 68 entró en una dinámica de ruptura interna. Los Alarcón, que eran los dueños, tenían pánico de que les crearán un sindicato. Entonces cada seis meses se corría un rumor de que se iba a formar un sindicato. ¡Orale! Van 20 reporteros para afuera. Entonces en una de esas veces, cuando ocupaban gente que mínimo no tuviera faltas de ortografía –no es que yo no las tuviera, las tenía de seguro-, y que supiera que era un párrafo, y el orden de las ideas en un enunciado pues era suficiente. Entro de redactor y en seis meses me tocaron dos éxodos. Salen un montón de reporteros y los que acabábamos de llegar nos hicieron reporteros de planta y suplentes. Luego vino otro éxodo y nos hicieron reporteros titulares de fuente. A los siete meses que entré a trabajar estaba yo cubriendo Presidencia. Híjoles, reconozco toda la arbitrariedad que hubo entonces.
El periodista frunce el ceño y recuerda un poco de quienes formaban la redacción de El Heraldo: “Joaquín López Dóriga era de los gallones, él cubría la fuente Financiera y era el suplente de Jacobo en Televisa. Estaba también Leopoldo Mendívil que cubría la fuente de Presidencia”. Carlos Ramírez pide un café más, igual, americano. Y concluye: “Salí de El Heraldo porque yo quería hacer periodismo político”.


Don Enrique Ramírez y Ramírez


El joven reportero, Carlos Ramírez, quería hacer periodismo político, así que empezó a tocar puertas, una de ellas fue la de Reforma 18, “En Excélsior se hacía periodismo de denuncia. De los periódicos que yo veía que hacían muy buen periodismo político era El Día, de Enrique Ramírez y Ramírez”, explica el periodista que ya cincuentón se dejó crecer el cabello con su cola de caballo, su mirada atrás de sus anteojos, se pierden de nuevo en el tiempo:

Durante los siete meses que esperé para entrar en El Día hice un intento de ingresar a Excélsior. Me recibió Julio Scherer y me dijo: “Usted no tiene experiencia y aquí necesitamos a gente muy experimentada, pero sígale, sígale que va bien. Si usted tiene la misma pasión, venga a verme en unos años y seguro aquí habrá un lugar para usted”.
El periódico El Día surgió de las cenizas de lo que fue el periódico El Popular, que en su origen fue de la inicial Confederación de Trabajadores Mexicanos y después del partido fundado por don Vicente Lombardo Toledano, quien fue uno de los cinco lobitos de la CTM con Fidel Velázquez. Pero El Día fue un periódico muy importante en varios sentidos, uno de ellos fue el de expresar las ambigüedades y contradicciones de la izquierda mexicana (IV) en ese entonces. Desde su origen, el diario dependió de la publicidad oficial del poder público y de los sectores afiliados o adosados al PRI. El periodista Miguel Ángel Granados Chapa escribió que El Día “durante sus primeros seis años, a falta de otras expresiones en la prensa cotidiana, suscitó la esperanza de sectores de la naciente clase media ilustrada que aprendía o enseñaba en las universidades de un diario que propugnara el progreso social y la libertad política, El Día mostraba una amplitud analítica y una riqueza informativa que de haberse trasladado al ámbito nacional hubiera contribuido a la evolución social y política como lo hicieron luego otros órganos de prensa”.

El Día nació en 1961 y su director fue don Enrique Ramírez y Ramírez, un viejo ex militante comunista y que al puro estilo de Lombardo Toledano hizo famosa la frase de “hay que hacer la revolución desde adentro”, y pronto se dejó querer “por el Sistema”, pues antes de fundar el diario, ya militaba en el PRI, y llegó a ser diputado y hasta gobernador. Ramírez y Ramírez fue una gran amigo del presidente Adolfo López Mateos quién apoyó a El Día, pues gracias al subsidió oficial, este diario no se preocupó por la publicidad y restó importancia a las páginas de sociales. Su sección internacional fue de las mejores de la época. Su suplemento cultural y su página diaria de cultura alcanzaron tintes brillantes, como cuando fue comandada por Arturo Cantú.
Fundadora del diario y directora de su suplemento cultural El Gallo ilustrado, María Luisa Mendoza nos da una estampa del director del diario: “Enrique Ramírez y Ramírez fue un gran director. Me enseñó mucho, lo quise mucho a don Enrique, y nos hicimos muy buenos cuates. Iba yo a su casa, a las fiestas, a todo. Fundamos un gran periódico hecho por periodistas y ahí estaba Rodolfo Dorantes que fue otro de los grandes periodistas, Luis Sánchez Arriola, excelente periodista, Alberto Beltrán. Siendo directora del El Gallo, tuve la suerte de llevar a los escritores de La mafia como se llamaban entonces, y escribían en primera plana y mis amigos pintores hacían las portadas, y El Gallo fue uno de los grandes suplementos” (V).

Don Carlos Ramírez tiene su propia lectura: “En el 68 y los años que le siguieron El Día se abrió a los estudiantes, a la izquierda, a los sindicatos. Fui a hablar con don Enrique y me dijo que sí, que trabajaría en El Día, pero que el periódico era una cooperativa y que tendría que esperar unos meses a que me llamara. A los siete meses estaba trabajando ya en El Día”. Se sonríe, un poco, y abunda:

En El Día había muchos asilados, muchos intelectuales y me hice amigo de todos ellos. Me platicaban sus aventuras, me recomendaban lecturas. En 1976 murió José Revueltas. Me enviaron a hacer la nota. Y yo conocía toda la obra de Revueltas. Sobre todo las infidencias de él y el Partido Comunista. Entonces hago la nota y también, una crónica muy larga donde meto ciertas infidencias de Revueltas. Lo hice a propósito. El principal instigador de Revueltas fue Ramírez y Ramírez. Soltaba una infidencia y metía una anécdota y luego le echaba la culpa a Antonio Rodríguez. Entregué mis textos al hijo de don Enrique, que era el subdirector, Leonardo, que era muy mi amigo. Leyó el texto y me habló. Decidimos quitar la parte de su padre. Yo quería seguir escribiendo en El Día. Fuera de eso nunca se metieron en mis textos.
Siendo reportero de El Día, en 1975 sucedió la visita de Santiago Carrillo, dirigente del Partido Comunista Español. El joven Carlos Ramírez, lector voraz, era aficionado a la revista Cambio 16, así que le fue muy fácil entender la transición española. Le hizo una entrevista a Carrillo y se llevó las ocho columnas. Fueron varias portadas que el joven Carlos ganó. Pero los ciclos se cierran y en El Día, el ciclo llegaba entonces a su fin. El ahora afamado columnista recuerda:

Estando en El Día llega el Golpe a Excélsior. Meses después, yo también cubría temas educativos y el jefe de prensa de la SEP del primer año de López Portillo era un ex reportero de El Día, Julio Tovar, que trabajaba con Muñoz Ledo. Fui a platicar con Julio Tovar y ahí coincidí con el reportero de la fuente educativa de Proceso que era Carlos Marín. Ahí nos hicimos cuates y él me jala a Proceso. Federico Gómez Pombo que cubría Finanzas y Empresas se fue de vacaciones, yo lo suplí y me quede después ya en esa fuente. Haciendo periodismo económico juntándolo a veces con el político.
Y el joven Carlos, trabajaba ya en Proceso, dirigida por el legendario don Julio.


Julio Scherer y Proceso, esa aventura


El columnista habla con las manos, las junta, las lleva, las trae, une las puntas de sus dedos y presiona, con el dedo índice golpea un poco la mesa, hay pasión en todo lo que dice. El tema: Scherer García. No es para menos. En el libro, Los presidentes, el decano del periodismo mexicano, don Julio, da testimonio sobre el buen trabajo que ejercía el joven reportero. “Basado en una investigación de funcionarios de Programación y Presupuesto, el 25 de agosto de 1981, publicó Proceso un reportaje de Carlos Ramírez que exhibía sin atenuantes el desorden y la corrupción que imperaban en Petróleos Mexicanos. El trabajo (de Ramírez) provocó un escándalo. Era la primera vez que desde un sector del gobierno se descalificaba a Jorge Díaz Serrano, amigo de todas las confianzas del Presidente de la República. López Portillo encaró el asunto en términos absolutos. No tenía caso de hablar de una tarea periodística, mucho menos de la libertad de expresión. Condenó por principio los excesos de Proceso…” (VI).


Sentado frente a la cámara, don Carlos abunda:


Estuve siete años en Proceso. Al principio fue una etapa de una libertad amplia. Empezaba su historia la revista y mis reportajes eran muy bien aceptados, dos de ellos fueron duros golpes periodísticos pero que le costaron mucho a la revista: en el 81 uno de mis reportajes provocó la primera pérdida de publicidad, un documento que conseguí de Programación y Presupuesto contra Pemex, es decir, De la Madrid contra Díaz Serrano. Se armó un escándalo. López Portillo se enojó y mandó a llamar a Scherer y se acabó la publicidad.
Su café debe estar frío, no importa, a él parece no importarle y lo sorbe como si el agua quemara. El periodista sigue hablando sobre su etapa en Proceso:

Me gustaba mucho mi trabajo. Me dedicaba exclusivamente a mi trabajo. Vivía en Proceso. Entonces empecé a subir el escalafón profesional en la revista. Primero fui Jefe de Información de la agencia Cisa, luego subdirector de Cisa y luego subdirector de Información de Proceso. Ahí empezaron las broncas y conflictos con Scherer: Porque él tomaba decisiones y yo le decía “No es por ahí”. Hubo un choque, por algún tema y es que Scherer siempre quería imponer su punto de vista y no era así. Yo como jefe de reporteros tenía que darles la cara y decirles a los muchachos: “es que Julio ya no los cambió”. Pero pienso que también había que hacer lo que los reporteros decían. Me harté y renuncié. El ambiente era muy tenso. Fue decisión mía”.
Se le pide una estampa sobre don Julio. Que en unos cuantos trazos lo pinte. Don Carlos se toma un pequeño tiempo y habla:

Scherer era muy apasionado. Nunca tuve una confianza personal pero Scherer era muy amigable. Pero yo viví cosas con él que son comprobables de esa forma perversa de ser de Scherer. Pero cuando empezaba el trato en el 77 no hubo diferencias incluso, Scherer fue testigo de mi boda. Scherer es de pasiones. O estabas con él o en su contra. Fue un gran reportero, un gran periodista. Le aprendí mucho. Tienes una nota y hay que perseguirla como perro de presa. Una caja de ideas es Scherer. Era el alma de las juntas en la redacción de Proceso. Obsesivo con las notas. (Y don Carlos trata de imitar la mirada y la vos de don Julio) “Carlos, ya consiguió el documento, envié un reportero, a ver Carlos enséñeme los primeros párrafos…” Obsesivo, a veces no dejaba respirar. Su oficina siempre abierta.
En 1983, una nueva firma comienza a aparecer en la revista Siempre! la del ya experimentado periodista Carlos Ramírez: “En el cambio de gobierno me abre un espacio José Pagés en su revista, me manda a llamar. Supe después que Manuel Buendía le había dicho que se fijara en mí”, confiesa el columnista.


Don Manuel Buendía


El periodista sigue hablando con pasión, esta vez el tema es Manuel Buendía. Don Carlos elige un recuerdo y lo cuenta:

Nos reuníamos a comer con Manuel Buendía, Oscar Hinojosa, Miguel Ángel Sánchez de Armas, Alejandro Ramos y yo. Buendía era muy tolerante con nosotros que éramos rebeldes, críticos, antisistémicos. Y don Manuel nos escuchaba y nos escuchaba. Duramos muchos años en este grupito. Yo veía a don Manuel todos los fines de semana. Llegaba a su casa los viernes y me quedaba a dormir en ella. Manuel era un tipazo, muy amigo, muy cariñoso, muy gracioso. Era muy estricto. Me decía: mantén tu nivel, tu ritmo y tu calidad. Me prestaba muchos libros, que no se los devolví.
En 1984 matan a Manuel Buendía. “Para mí fue brutal. Estaba en mi casa en Villacoapa. Suena mi teléfono y era Francisco Gómez Maza y me dice: le dispararon a Manuel. Me fui directo a la Federal. Ahí estaba Lolita, su esposa”, rememora el autor de Indicador Político. Con un dejo de nostalgia el autor de la leída columna cuenta de su relación con don Manuel:

Conmigo era muy cálido, me sentí huérfano profesionalmente. Había veces en las que yo escribía pensando en que él lo iba a leer. Nunca le mande mis cosas. Cuando había algo que le gustaba de lo que escribía me llamaba. No me planteé como objetivo hacer mía la investigación del asesinato. Era muy difícil hacerlo. De lo que yo conocí a Manuel y sobre la investigación tengo mis dudas, no me cuadran ciertos datos. Ciertos hechos. Y este ha sido mi discusión con los amigos de Manuel. Por ejemplo, dicen que Zorilla lo mató. Yo creo que Zorrilla no lo mató, lo que sí hizo es que operó para el encubrimiento del asesino intelectual. Zorrilla lo sabe. Yo tuve acceso a él, platicamos, y ahí le dije que él sabía quién lo había asesinado y porqué. Se quedó callado.
Pero el asesinato de Buendía es un tema que ha obsesionado a don Carlos, no falta en el tema en sus columnas. “Para mí el columnista más influyente en México ha sido Manuel Buendía” dice tajante. Personaje que a la par lo obsesiona periodísticamente es José Antonio Zorilla, el columnista explica:

Hice una investigación sobre la caída de Zorrilla, primero en la Dirección Federal de Seguridad y luego en la diputación, se llama La guerra de los impíos. Zorrilla rompe con la CIA y se va con el servicio secreto de la Alemania Democrática que era mucho mejor que la KGB. Yo supe de esto por un par de reportajes que aparecen en The New York Times. Yo empiezo a investigar por mi cuenta y busco a Zorrilla, donde lo cuestione, por ejemplo, en ¿qué dijo la CIA cuando supo que obtuvo otros entrenamientos? Se pusieron furiosos, contesta. ¿A dónde te fuiste? Al Spasic. Y así. Hice una muy buena investigación también sobre los periodistas que habían dado ese par de reportajes, supe que su fuente fue Gavin y salió el libro Operación Gavin.
El columnista retiene en su memoria al laureado periodista: “A don Manuel le aprendí esa parte de hacer periodismo en temas de seguridad nacional. Yo pensaba que haciendo estas investigaciones iba a dar –algún día– con el nombre de un jefe de la CIA. Pero un gran número de periodistas le aprendimos mucho a Manuel Buendía. Que era un detective”.


Columnismo mexicano


El columnista Manuel Buendía, definía: “El periodista es un ser social activo. Puede decirse que en alguna medida ejerce un liderazgo social. Aun no proponiéndoselo, el periodista influye sobre las circunstancias, los hechos y las conductas políticas, sociales y económicas de su país. Chesterton definió al periodista como ‘el hombre que se quedó sin profesión’. Lo que en nuestro lenguaje podría traducirse como ‘aprendiz de todo y oficial de nada’. En fin, es acertado cuando se diga o imagine respecto a que la formación del periodista es interminable” (VII), y hacia una reflexión: “Pienso que los periodistas somos muy dados a la autocomplacencia y muy poco a la autocrítica; y desde luego, la sola posibilidad de que otros nos enjuicien nos parece una ofensa intolerable. Me parece que los tres males del periodismo mexicano son la impunidad, la solemnidad y la mediocridad” (VIII).

-¿Qué se necesita para ser un buen columnista?

– Yo creo que para ser un buen columnista se necesita pasión, información, lectura, estilo de redacción y el uso del lenguaje con las exigencias de un escritor. Hay que tomar el columnismo como una fase de especialización pero sin abandonar la pasión del reportero. Aunque puede llegar a pensarse que escribir una columna periodística diaria puede ser tedioso, incluso fastidioso. Para mí la escritura de la columna diaria no es un fastidio sino un trabajo apasionante; trato de que cada columna diaria tenga un enfoque novedoso.

-¿Cuál es su metodología? ¿Cómo escoge el tema?

– La hora que acostumbro a escribir es al medio día, aunque a veces, cuando los asuntos políticos se retrasan escribo por la tarde. Lo hago en mi despacho, en mi casa. Tengo dos formas de escoger el tema de mi columna diaria: los temas de la coyuntura que ameritan atención pero sobre los cuales a lo largo de los días voy acumulando datos y los temas que quieren poner una nueva forma de interpretarlos. Un columnista reportea su tema como si fuera nota exclusiva. Escojo el tema, selecciono el enfoque, acumulo datos, hablo con políticos y fuentes y colegas. Antes de escribir, en un block de hojas amarillas rayadas hago el esquema.

–Según Carlos Ramírez, ¿qué elementos debe tener una columna periodística?

– Nada se compara con el acto de escribir una columna de análisis, de investigación, de interpretación o de información. En la escritura de una columna, no puede ser de solitarios el hecho de escribir sobre la realidad social; a veces, sobre la marcha, llamo por teléfono para precisar datos o para confirmar otros, y a veces para comentar con algún otro colega columnista el tema. Creo que la verdadera columna no es la del politólogo o el escritor sino la del reportero; el columnismo es una fase superior del reporterismo; la columna debe tener datos de la realidad, exclusivos y del momento. El columnismo de opinión sí inhibe al reportero; pero el reportero por sí mismo, en la fase de columnista, es un reportero en acción. Manuel Buendía, por ejemplo, era el prototipo del columnista: reportero y analista. Defino mi escritura en una columna como periodística, de reportero. Cuando escribo tengo en cuenta tres cosas: los datos, las fases temáticas y el lenguaje.

WhatsApp-Image-2020-09-18-at-10.48.59-PM
-¿Qué es lo que apasiona del columnismo? ¿Cómo inició esta aventura?

– El acto de analizar la realidad política es lo que más me gusta de ser columnista. Añoro los tiempos pasados de la política cuando era menos tensa. Manuel Buendía me propuso escribir una columna; yo escogí, cuando era reportero, escribir una columna semanal en Proceso, luego una semanal en El Financiero y en 1990 una diaria. Cuando escribía una vez a la semana, también era reportero. Las semanales yo las propuse; la diaria me la pidieron don Rogelio Cárdenas, su hijo Rogelio Cárdenas y Alejandro Ramos en El Financiero. Indicador Político es el nombre de mi columna, es un juego de palabras sobre mi formación como periodista financiero; los indicadores son los indicios; mi columna semanal en El Financiero se llamaba “Indicadores” y sólo la hice en singular y le puse el apellido político a recomendación de Alejandro Ramos. Las letras en negritas –creo– lo tomé de Manuel Buendía.

– Por lo general, los columnistas no piden disculpas.

– Los columnistas no piden disculpas, pero deberían. No perdemos nada. Lo que pasa es que las cartas aclaratorias son agresivas. Cuando hay una carta aclaratoria, no la contesto directamente porque suele ser un abuso de poder; pido que la publiquen íntegra. Y luego, días o semanas después, confirmo datos y vuelvo sobre el tema. Las cartas aclaratorias para mí son el derecho de réplica de los afectados y no deben tener la interferencia de la contra réplica inmediata.

-¿Existen los columnistas influyentes?

– Para mí el columnista más influyente fue Manuel Buendía. Luego otros han llegado a fijar alguna parte de la agenda: Miguel Ángel Granados Chapa, Raymundo Riva Palacio, Ricardo Alemán, Jorge Fernández Menéndez, Julio Hernández, entre otros. El sistema político se diversificó al grado de que ya no hay alguien que sea el “más influyente”.

-¿Se encierra a la hora de escribir? ¿Cómo es su espacio, su escritorio, su biblioteca?

– No soy neurótico a la hora de escribir ni me aíslo. Atiendo desde asuntos domésticos hasta consultas filosóficas; no me molesta que me interrumpan. Tengo siempre prendida la televisión en noticieros y el internet en páginas de periódicos; a veces interrumpo un párrafo para echarle un ojo a las noticias del momento. El teléfono y el celular son indispensables; muchas veces me llaman para darme algún dato o un comentario; no me puedo desconectar del mundo. Escribo solo. No hay mascotas cerca de mí cuando escribo. En el despacho de mi casa hay un ventanal que da a un pequeño jardín; cumplo así con la recomendación de Cicerón: “si junto a tu biblioteca tienes un jardín, no te faltará nada”. En mi escritorio procuro tener un vaso de agua. Me gusta la música clásica y el jazz, sin preferencias, lo escucho como caiga.

La columna

Estudioso de la prensa mexicana, el doctor Trejo Delarbre reflexiona: “Las columnas políticas son uno de los géneros más proclives a desbaratar cualquier colección de principios éticos en la prensa. Habiendo sido concebidas como un espacio para que el lector, merced al oficio inquisitivo de un periodista enterado y privilegiado, pudiera asomarse a los entretelones del poder, las columnas en ocasiones se desvirtuaron hasta alcanzar, en algunos casos una influencia que sólo corre paralela a la irresponsabilidad de algunos de sus autores. En otros casos, nuestra prensa tiene columnas que llegan a ser tomadas como oráculos. Como divertimento, pueden ser entretenidas. El problema con ese tipo de columnismo se encuentra, por un lado, en el tono pontificador que llegan a asumir sus autores, erigidos en patriarcas y profetas pero con frecuencia actuando en realidad como correveidiles de intereses e interesados que nunca hacen explícitos. Por otro lado, ese tipo de columnismo a menudo hace las afirmaciones más atrevidas, acusa, señala, intriga y asegura, muchas veces sin pruebas” (IX).

El periodista Manuel Buendía explicaba: “Si todo oficio tiene sus pequeños secretos, el de columnista no es la excepción. El más interesante de esos secretos se llama archivo. Para todo buen reportero es importante poseerlo, pero un columnista simplemente estaría perdido sin archivo. Creo que la diferencia de un columnista de éxito y otro que apenas sobrevive se encuentra en dos elementos de trabajo: las fuentes de información y el archivo. El columnista que se representa a sí mismo y no necesariamente expresa la política editorial de un periódico, ofrece a los lectores la alternativa de la artesanía personal, dentro de un panorama de informaciones que los usos de la sociedad industrial despersonalizan cada vez más. Lo cierto –y lo grave– es que el columnismo representa una polarización de poder. Es un poder dentro del cuarto poder. Hay aquí un fenómeno en el que vale la pena profundizar” (X).

El trabajo como columnista de Carlos Ramírez, uno de los columnistas más influyentes durante varias décadas, ha sido puesto bajo la lupa. Dos trabajos, que por su seriedad deben tomarse en cuenta para esta entrevista, que versan sobre el periodismo ejercido por don Carlos Ramírez. El primero, de Julián Andrade Jardí, “La prensa, el poder y el señor Ramírez”, aparecido en la revista Etcétera, primera época, uno de sus planteamientos es que cierto tipo de columnismo político, alcanzó éxito por dos motivos: uno, se beneficia del atraso de una cultura política en la sociedad y el gusto de ésta por el morbo y las reflexiones a modo. Y dos, la lectura apresurada que propician –a través de la forma, las frases, los párrafos breves, resaltando en letras negritas vocablos tajantes o nombres propios– permite que los lectores recuerden cuando alguna de ellas acierta en sus pronósticos, de la misma manera que olvidan las muchas de las veces que no aciertan.

El segundo trabajo es del doctor Trejo Delarbre, quien en 1997 hace una dura crítica al columnista: “Uno de los periodistas que más abusan de la difamación y la mentira, es Carlos Ramírez, colaborador de El Financiero y cuya columna se reproduce en una considerable cantidad de diarios en todo el país. El fenómeno que esa columna significa, ameritaría un estudio más detenido. Aquí únicamente la mencionamos como parte de un síndrome más amplio, del cual forma parte. Su éxito, solo puede explicarse en vista del contexto de desconfianza y animosidades que ha campeado en el escenario público y en las apreciaciones que la sociedad tiene respecto de quienes actúan en él. El mencionado columnista practica un estilo del cual no ha sido autor, ni el único recreador, pero del cual, en los años recientes ha sido uno de los exponentes más representativos. Se trata de un columnismo que pocas veces ofrece datos específicos y, menos aún, da a conocer las fuentes de sus afirmaciones. Lo que publica, esencialmente, son versiones acerca de presuntas motivaciones de lo que hacen y dejan de hacer los personajes en el poder político y sus periferias. Con frecuencia incurre en afirmaciones equivocadas, o falsas, pero casi nunca se toma la molestia de corregir” (XI).


Don Rogelio Cárdenas


El experimentado reportero Carlos Ramírez, escribía en la revista Siempre!, sin embargo buscaba más espacio en los grandes medios. Fue así que llega a El Universal en 1984: “Entró al El Universal y entré en un mal momento. Estaba muy imbuido en lo que era el nuevo periodismo norteamericano, es decir el periodismo de historia trabajada y de reconstrucción de hechos. Yo venía de la fuente financiera y me tocó toda la negociación de México con el FMI. Entonces mis notas reconstruían muy bien la historia de ese momento. A veces la nota estaba hasta el final de mis textos pero había una narrativa que no tenía en ese momento el periodismo mexicano. El periodismo mexicano era la nota objetiva o la nota informativa. No más, nada más. Y entonces era cosa de ver quien fue a tal lado, con quién habló, que habló, que negoció, en que momento, etc. En ese momento El Universal tenía muchos problemas, creo que tenía 18 sindicatos. Se creó mucha inestabilidad en el periódico y yo no me sentía a gusto. No me daban el espacio que yo quería. Entregaba mi nota al particular de Ealy Ortiz y aparecía tres o cuatro días después. Pero no estaba a gusto”.

En 1984 nace El Financiero, un diario que se especializaba en temas económicos, en momentos cuando no existían secciones de ese tipo en la prensa (unomásuno, tenía una sección tímida), y tampoco se había convertido en un elemento central y cotidiano de la vida mexicana. Encabezado por don Rogelio Cárdenas padre, sus brazos derecho, Rogelio Cárdenas Sarmiento, Sergio Sarmiento y Alejandro Ramos. En poco tiempo, debido a su postura sistemáticamente crítica, El Financiero se colocó como una importante referencia.

El periodista Raymundo Riva Palacio explica: “la creación de una sección cultural alternativa a cargo de Víctor Roura y, sobre todo, la inclusión de una sección política con un combativo columnista como su eje, Carlos Ramírez, empezaron a hacer de éste un periódico que pese a las limitantes de su propio nombre, comenzaba a ser tomado en cuenta por las élites gobernantes” (XII).

El columnista recuerda: “Apareció El Financiero. Yo conocía la historia de ese periódico por Alejandro Ramos. Incluso me llamaban a las juntas e iba yo como amigo y me pedían opinión. Y en una de esas Alejandro me dijo vente para acá”.


De aquellos años, el periodista retiene en su mente:


El Barón era un tipazo. Generoso caballero maestro de periodismo. Era de los que llamaban al reportero y le decía: mira mijito, tu nota está mal escrita, va así y así. Rogelio Cárdenas Sarmiento, su hijo, no tenía mucho movimiento, no podía caminar mucho por el enfisema. Cuando llego yo al periódico Alejandro estaba muy agobiado. Porque Rogelio Cárdenas decía: no, Alejandro no puede faltar. Cuando llego yo, Alejandro me dice: tú me sustituyes. Me echa a Rogelio y le caigo bien. Y nos hicimos muy amigos.
Durante el salinato nace la columna Indicador Político, el periodista narra sobre el origen de su columna y la redacción del diario:

En los noventa sale mi columna, me la piden Rogelio y Alejandro: queremos una columna dominical. Y así empecé a hacer mi columna y cuando tenía dudas iba con Rogelio y me decía: pues dale por acá Carlos, métele esta narrativa, este enfoque, dale esta estructura, él era muy literario, como su padre. Estaba también Sergio Sarmiento, primo de Rogelio y él se encargaba del área de Opinión. En ese entonces nadie quería colaborar en El Financiero. Era un periódico que estaba lleno de boletines de bancos y de la bolsa. Sergio que tiene un buen ritmo de trabajo inventó colaboradores. Se la pasaba escribiendo y diciendo: éste va a ser colaborador de tendencia de izquierda. Éste otro de derecha. Y así. Entonces estaban tan bien armados sus textos que adquirían personalidad sus colaboradores fantasma y los lectores hablaban para reclamarle a tal o cual. Víctor Roura hacia cosas increíbles, se colocó ahí por sí mismo. Estaba un excelente periodista, José Martínez, periodista, editor, muy pulcro, muy bien formado, muy trabajador.
En los noventa se abrió un espacio de intercambio entre un periódico de Estados Unidos y El Financiero. Este espacio consistía en que un periodista estadounidense trabajará por tres meses desde México y el periódico lo iba a integrar a todas las actividades del diario y, un periodista mexicano se iría tres meses allá. Rogelio y Alejandro decidieron que fuera Carlos Ramírez, él recuerda: “Yo no sabía hablar inglés, así que me puse a estudiar tres horas diarias durante tres meses en Interlingua y aprendí el idioma. Me fui un mes al Journal Commerce en Nueva York y dos meses a Los Angeles Times a la página editorial. Rogelio y Alejandro llegaron a la conclusión de que para la sucesión del 93 se necesitaba una sección política. Una vez creada la sección era necesario tener una columna política seria. Se decidió por Miguel Ángel Granados Chapa. Alejandro habló con Granados Chapa que estaba en La Jornada. Total que no se concretó. Rogelio dijo: vas tú y fui yo. Rogelio te convencía con una frase: hazlo de cuates. Así nació Indicador Político”.

No fue una decisión fácil, sin embargo El Financiero se la jugó, el periodista narra:

Cuando El Financiero da su viraje al periodismo político a Carlos Salinas se le dispararon sus antenitas. Manda a un personero a verme: Manuel Camacho. Me dice: Oye, el Presidente está muy inquieto por el viraje que piensan dar. Habla con Rogelio, le dije. Y se fue a hablar con Rogelio. Rogelio –le dice Camacho-, el Presidente quiere saber si tu periódico se hace político. No, contesta Rogelio, Alejandro que quiere hacer una sección política y no me consultó pero solo eso –a Rogelio le funcionaba muy bien echarnos la culpa– y viene a dirigir la sección Granados Chapa. Camacho le dice a Rogelio, bueno, envíale una señal al Presidente. ¿Una señal?, contesta don Rogelio, pues no sabía, tu que lo ves diario, díselo por favor Manuel. Y así fue.
En El Financiero escribían todos, “los mejores y hasta Monsiváis”, dice socarrón Carlos Ramírez y pronto abunda: “pero al nacer Reforma, El Financiero se fue desplumando y me quede solo. Me hablaron de El Universal y me fui, claro, primero hablé con Rogelio”.


Columnista galardonado


En 1993 don Carlos ganó el Premio Manuel Buendía que era otorgado por 25 Universidades Públicas. Era el Premio más importante después de El Nacional de Periodismo. El columnista narra: “Supe que Julio Scherer intentó bloquear que se me premiara pues los ganadores de un año eran parte del jurado del siguiente año. Y bueno, al siguiente año coincidimos Scherer y yo en el jurado y fue otro conflicto. Julio proponía a Vicente Leñero y yo, a pesar de mi cariño y admiración por Leñero, pues no veía que en ese momento mereciera el Manuel Buendía, yo a su vez propuse a Raymundo Riva Palacio. Tuvimos muchos choques en ese momento a tal grado que le dije que mejor le pusiéramos el Premio Julio Scherer. Total, Raymundo ganó el premio ese año”.

En 1997 fundó la revista La Crisis. “No fue una idea mía sino de Fernando Mendizaval que estaba en Editorial Posada. Me invitó a dirigirla y al año la quiso cerrar y yo se la pedí. Ahí tuve a mucha gente valiosísima, José Martínez uno de ellos a quien conocía desde El Financiero, un periodista muy puntilloso. Al genial Samuel Schmith, el grandioso Javier Ibarrola y mucha gente más, hasta Liébano Sáenz. Me fue bien y luego la intente hacer diario pero no funcionó”.

La columna de Carlos Ramírez llegó a El Universal y ahí permaneció por varios años hasta que se mudó a lo que fue El Independiente, el periódico de Carlos Ahumada que dirigía Javier Solórzano y Raymundo Riva Palacio. Al principio y en medio del escándalo ambos directores renunciaron respectivamente. El timón del diario lo tomó Carlos Ramírez, pero el periódico estaba herido de muerte, el proyecto bajo la dirección de Javier Ibarrola y Carlos Ramírez duro sólo diez días. Durante tres lustros, todo fue vertiginoso y los tiempos de la política nacional se impusieron a algunos medios. El periodista Ramírez analiza:

Las reglas entre la prensa y el poder se rompen con Salinas. El Presidente al decir, yo tengo la publicidad del Estado, por lo tanto, yo tengo el poder y yo decido y hace aquella famosa lista de diez medios a los que consintió. Tuvo dos jefes de prensa que fueron Otto Granados y José Carreño Carlón que los que estamos en la prensa sabemos quiénes son. Y Salinas se equivocó. Zedillo puso su “sana distancia” en todo, incluidos los medios. Fox estaba con Martha Sahagún quien repartió mucho dinero para publicidad al principio y luego castigó. Y los medios se dieron cuenta, todos, primero con Zedillo y luego con Fox de que no necesitaban más al Estado. Calderón creó una burbuja en la que sólo entraban unos cuantos.
El periodista está orgulloso de sus proyectos, de éstos, siente satisfacción por sus libros: “He hecho algunos libros: Alicia en el país de las maravillas son mis reportajes publicados en Proceso que me valí de Lewis Carrol para tejerlos. Escribí otro sobre la expropiación de la banca (La nacionalización de la Banca rectifica el rumbo del país), otro más sobre la devaluación del peso que hice junto con otros dos economistas (la devaluación), hice otro con Alejandro sobre los hijos de Lorna y otro con Alejandro Ramos y José Martínez sobre Salinas (Salinas, candidato a la crisis). Uno más sobre Joseph Marie Córdoba (El asesor incómodo), otro más sobre la sucesión (Cuando quisimos no pudimos), uno más sobre la APPO (La comuna de Oaxaca) y otro sobre Barak Obama (Obama). Los temas, ahora lo sé, es porque me interesa saber sobre el poder y quiénes lo detentan, muy al estilo de la Teoría de las Elites.

Ganador del premio Manuel Buendía en 1993, de El Nacional de Periodismo en 1995–2001 y 2003, del Premio José Pagés Llergo 2000 y 2002, del Premio Micrófono de Oro 2005 y 2008, y del premio Victory Award 2013. El periodista sentencia: “El periodismo es el contacto con la vida real. Mi función como periodista es decirle a la gente: ves a este personaje, es así en realidad”, reflexiona un instante y ataja: “El periodismo es subjetivo, el dilema es entre la veracidad y mi verdad”. Platica sobre sus proyectos:

Actualmente trabajo en un libro sobre Octavio Paz. Otro sobre los intelectuales. Carlos Fuentes, Monsiváis, etc. Cabrera Infante, Heberto Padilla. Sobre la Francia de los 50, Camus, Sartre. Hago un ensayo político sobre el sistema político mexicano.
Comienza a trabajar a las seis de la mañana con un café. “A esa hora hago una primera revisión de periódicos y columnas vía Ipad. Desayuno en la calle y a veces en la casa. Leo casi todos los diarios –tengo suscripción– para mantenerme informado: La Jornada, Milenio, Excélsior, El Financiero, El Universal, El Economista, Reforma, La Crónica, La Razón, 24 Horas; y diario consulto por internet El País, El Mundo y Público, de España. Además reviso la primera plana de The New York Times, The Washington Post y New York Post. Leo a todos mis colegas columnistas; diría que leo alrededor de 30 columnas diarias y los leo con mucha atención porque tienen buenos datos y porque siempre ando revisando estilos para que mi trabajo no quede en la modorra de la comodidad. Siempre hay cosas que aprenderle a los colegas”.

El columnista se ha terminado su tercer café, la charla está por concluir. Explica que se mantiene informado a través de programas noticiosos de radio, por ejemplo, Oscar Mario Beteta, Carlos Ramos Padilla, Joaquín López Dóriga, (antes) Jacobo Zabludovsky, Pepe Cárdenas y algún otro; que dedica tres horas diarias a encuentros con colegas, políticos y fuentes de información. “También hubo un tiempo en que desayunaba, comía y cenaba en los ‘comideros políticos’”.

Respira largo y profundo y concluye: “Quiero terminar los próximos 20 años de mi vida haciendo ensayos”.

——————–Notas———————-

I Prensa Vendida. Rafael Rodríguez Castañeda. Grijalbo.
II La otra guerra secreta. Jacinto Rodríguez Munguía. Editorial Debate.
III López Dóriga, el “reportero” y el poder. Revista Replicante. Entrevista con Joaquín López Dóriga.
IV “El Día” agónico vocero del pueblo mexicano. Revista Proceso. Miguel Ángel Granados Chapa.
V La China Mendoza y su amor por la vida. Revista Nexos 17 de marzo de 2015. Entrevista.
VI Los Presidentes. Julio Scherer García. Grijalbo.
VII Sólo es digno de llamarse libre quien cumple honestamente con sus responsabilidades: Buendía. Revista Mexicana de Comunicación Número 29.
VIII Idem
IX Periodismo: la ética elástica. Raúl Trejo Delarbre. Revista Nexos Número 211.
X Sólo es digno de llamarse libre quien cumple honestamente con sus responsabilidades: Buendía. Revista Mexicana de Comunicación Número 29.
XI Volver a los medios. De la crítica a la ética. Raúl Trejo Delarbre. Editorial Cal y Arena.
XII La prensa en los jardines. Raymundo Riva Palacio. Editorial Plaza y Janés.

******

* Abraham Gorostieta es historiador y periodista. Publica en distintos medios nacionales. Ha trabajado en diarios como El Gráfico, La Crisis, La Crítica. también ha colaborado en las revistas Nexos, El Búho de René Avilés Fabila, Etcétera, Replicante, Digna Metáfora, Revista Mexicana de Comunicación. En los portales de noticias Índice Político e Insight México Online. Ha colaborado en las biografías de personajes como Carlos Slim, Carlos Hank González, Elba Esther Gordillo, Enrique Peña Nieto bajo el sello de editorial Océano.

** Esta entrevista forma parte de dos libros de próxima publicación. La entrevista fue realizada a mediados de 2017.








- — -





Los comentarios emitidos en esta columna son responsabilidad de sus autores y no refleja la posición del medio.